lunes, 4 de julio de 2011

GIRASOLES ORIENTALES Y SEMILLAS DE HUMANIDAD

Por: Alfonso Wieland,

Paz y Esperanza Internacional

En el piso 3 del Museo Tate Modern de Londres se exhibe una de las obras de Ai Weiwei, artista disidente chino quien hace algunos pocos días fuese liberado tras permanecer más de tres meses arrestado. La instalación artística de Weiwei, es una montaña de semillas de girasoles. Cuando recién fue presentada en el museo la obra de arte, las semillas fueron colocadas esparcidas en el piso, formando un largo rectángulo, donde los visitantes podían caminar sobre ellas y tocarlas.
La primera pregunta que un neófito como yo me hago es: ¿Es eso arte? Claro que sí. Cada una de las 100 millones de semillas que hay, fue fabricada en porcelana, uno de los materiales más simbólicos de China. Cada una de esas semillas de porcelana es única y fue pintada a mano, involucrando a 1600 artesanos chinos.
La obra es una protesta simbólica a la masificación del ser humano. A pesar que cada ser humano es único, al masificarlo se obvian las diferencias, las singularidades, la unicidad de lo humano. La mayor parte de la producción China es para ser exportada a todo el mundo. Es muy probable que en este momento usted este vistiendo una prenda fabricada en ese país. Y sin embargo, detrás de esa enorme producción, hay seres humanos singulares, cuyas vidas son ignoradas, cuyos derechos no sabemos si son o no cumplidos. Los seres humanos masificados son pisados, tal como el visitante
pisa las semillas sin reconocer su valor. La obra puede ser mirada como una protesta contra el Estado Chino que ha sido acusado de violaciones a los derechos humanos y en particular la represión en el Tíbet.
Wen Jiabao, primer ministro de China, está visitando Londres estos días. Y lo hace en medio de la crisis financiera de la Eurozona y las manifestaciones en Grecia. En este contexto, lo económico ha opacado la discusión de si el gigante asiático cumple o no los estándares europeos de respeto a los derechos humanos. Coincidentemente días antes del viaje de Jiabao, Ai Weiwei ha sido puesto en libertad.
La innegable influencia de China en Europa ha sido relevada por el Primer Ministro Británico, David Cameron. Se ha mencionado que China exporta hoy en una semana, lo que antes exportaba en un año entero. China es el segundo socio comercial de Europa. El primero es aún Estado Unidos, pero por escaso margen.
¿Cómo se hace para compatibilizar derechos humanos y prosperidad económica? ¿El crecimiento asombroso de las exportaciones, puede excusar la falta de derechos? Jiabao se ha adelantado a decir que el chino es un modelo de democracia propia, de justicia social a su manera, no una copia de la democracia occidental. "China no solo está llevando a cabo un desarrollo económico sino una reforma política estructural, mejora de la democracia, el imperio de la ley" ha remarcado. Todo este discurso tiene como telón de fondo el acuerdo arribado por China y Gran Bretaña, de elevar el intercambio comercial a la suma de 100 mil millones de dólares americanos al año. ¿Es posible un diálogo profundo sobre temas muy controversiales con estas cifras en mente? Muy complicado, solo el tiempo lo dirá.
La estrategia China es multiplicar sus inversiones en Europa (un mercado de 500 millones de consumidores), comprar parte de la enorme deuda pública de países como Irlanda, Portugal, Grecia y ahora también España. Con los bolsillos abultados de dinero, China es capaz de invertir más y más en una Europa golpeada por la crisis financiera global. En un buen momento, pues sabe que las sedientas arcas de algunos países, se lo agradecerán.
En verdad este pragmatismo europeo no es nuevo en la historia de las relaciones económicas entre países ricos. Tampoco lo es en los llamados países emergentes. La primacía de lo económico, sobre la democracia y los derechos humanos es lamentablemente una realidad. En las elecciones presidenciales en el Perú este año, se demostró hasta el cansancio que las élites de poder económico están dispuestas a sacrificar los derechos, la ética política y hasta las buenas maneras, para defender sus intereses particulares.
Ojalá que nuestros países fueran como los girasoles. Estas flores se mueven buscando la luz del sol.
¿No es la justicia, entendida como respeto irrestricto de la dignidad humana, el norte de luz que debiera guiar las políticas económicas y sociales de los políticos? Las personas no son descartables.
Dios, artesano por excelencia, ha puesto un sello único de dignidad en cada persona. Como las semillas del girasol, los seres humanos son irrepetibles, valiosamente indispensables. Pero nuestras sociedades modernas apuestan por la masificación. Más que personas, somos consumidores. Es el crecimiento económico el sol para la gran mayoría de naciones de nuestro planeta. Aun y todo, es posible creer que economía y derechos humanos no son, ni deberían ser incompatibles. Debería serlo. Mientras tanto, las semillas seguirán en el suelo, esperando ser miradas y observadas como Dios las mira: esperanzadoramente.

Londres, 28 de Junio de 2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario